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El paciente

 

¿Y esa cara? Eh, conozco esa cara. No te gustará.. ¡te gusta, uy, sí, te encanta!”

Que sí, Gema, digo, que no, no me voy a fijar en él, lo sé, ya lo sé..”

 

Marian no se iba a fijar, porque ya se le había fijado su imagen en la mente como un sello. Todo él, sus manos perfectas, su aire aniñado, sus hombros redondos, sus ojos rasgados, y su semblante tranquilo y feliz, a pesar de todo.

Sin embargo, si había una profesión inapropiada para enamorarse, esa era la suya. Gema, su compañera de turno y de turnos, se lo advirtió ya el primer día. Y llevaba razón, cierto es que se corren muchos riesgos al enamorarse de un paciente: para empezar, lo más probable es que no le llegues a conocer y mucho menos que se acuerde de ti, teniendo en cuenta que ocupamos la enfermería de la UCI. Luego, toparte con su pareja y/o hijos seguro, por no hablar de que asumes perderlo para siempre, tanto si por desgracia muere, como si de milagro vive, porque sabes en buena lógica que en ese caso, no querrá jamás volver por allí.

 

Pero ella, precisamente por su profesión, era de las que había aprendido a vivir el día a día, a deleitar el instante, a saber que se pierden del todo, si hacemos otros planes.

Le miraba atenta, intensa, inmensa, dándole fuerza. Y a la vez, acariciaba su tez, muy suave y lenta. Parecía el cargador de su alma, pero no la del pobre motorista, sino de la de la suya propia, que anhelaba estar junto a su cama, sin más motivo que disfrutar de la compañía de esas pecas que asomaban en su piel como las estrellas que salpican las noches de verano anunciando amaneceres soleados. ¿Será eso amor? Marian no estaba segura, tampoco se paraba a pensarlo. Simplemente lo sentía y lo vivía, con su mirada cálida, hasta donde el frío pasillo del hospital le permitía seguirle.

 

Empezó a quererle. Le mimaba, más que cuidarle. Ella, que era muy buena enfermera, a él le atendía mejor que a los demás. Tomaba sus dedos uno a uno. Estiraba con cuidado las sábanas. Con esmero, cambiaba todos los días su almohada. Doblaba turnos, se pasaba horas buscando canciones que pudieran gustarle, le llevaba el olor del gel y del café de sus mañanas. Hasta se había aprendido las noticias deportivas, esas que antes detestaba, a buen seguro que le interesaban. Era una manera de compartirlo todo, de ser cómplices en espacio y tiempo. ¿No es eso ser una pareja? Así que, por qué no decirlo, ella disfrutaba de esa atmósfera mágica que había creado a su lado, hasta el punto de no desear que despertara. ¿O sí? Entonces, como en los cuentos de hadas, se dejó llevar hipnotizada, y rozó sus labios finos, como si los dibujara. Trasmitía un amor tan cierto como contenido. Dulce y prieto, como quien abre un envase y deja escapar un hilito. En un gesto más que bello, necesario, como si juntos y mutuamente, por un instante, se estuvieran dando las gracias.

 

Después, le temblaron las piernas y huyó asustada.

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El parabrisas

 

Le gustaba su trabajo. Quién lo diría. Más que gustarle, se podía decir que hasta lo amaba.

 

 

 

Por mucho pronóstico que viera, el tiempo siempre le resultaba menos predecible que las mismas conversaciones del gremio cada día en el mismo café. Si se cruzaba con cualquiera, ya se lo sabía, a maldecir el tiempo tocaba. Sin embargo Juan no lo sentía así.

Él, si hacía mucho frío, paseaba mucho más aprisa. Si llovía, se ataviaba su capucha, y andaba erguido, al contrario que todas las demás almas de la calle, huidizas de las gotas como del infierno y más escurridizas que el propio suelo. Ay si el sol aparecía, entonces Juan a ratitos se paraba y lo seguía, para dejarse gustoso absorber por su energía, como si no existiera nada más, y no estuviera la misma fila de coches esperando su control y su rutina.

A pesar de parecer rutinario, su trabajo era emocionante. Si se dirigía a Juan algún conductor de esos apresurados, en ese instante aparecían héroe y villano, y los dedos del agente, más que una multa más o menos a recaer sobre el asfalto, parecían decidir la suerte del país entero por un momento.

 

 

 

Disfrutaba la soledad, estaba acostumbrado a ella. Como alguien que lleva mucho tiempo con gafas, y ya se siente incómodo sin ellas. Aparte, para las manidas charlas meteorológicas que acontecían a diario, a él le gustaba recrearse en las historias que leía, escuchaba o simplemente veía. Observador del mundo, después de todo, ver amanecer cada mañana ya era un espectáculo al que sentía y mucho, la suerte de asistir. Además, observaba los parabrisas, claro. Se detenía cada minuto, comprobando exhaustivas, las horas y las matrículas. Tenía claro su deber, no se sentía culpable de hacer cumplir la ley. Culpable debía sentirse quien la infringía, se repetía. Todo, la naturaleza y la calle, obedecían a un armonioso orden, al que él mismo pertenecía. Incluso aquél día.

 

 

 

Mira que veía números, pero no estaba preparado para enfrentarse a esa matrícula. Era el mismo coche de su mismísimo hermano. Toda lo que el amor de sus padres había unido durante años, aplicó la herencia en separarles en el escueto rato del notario. Y qué duro le resultaba a Juan vivir sin él, sin su familia. De repente, la calle de todos los días era una extraña, una testigo de su lucha interna. Acelerado, se obligó a sí mismo a parar a respirar, cediendo el paso a la acción. Y ahora, ¿qué haría?

 

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Entonces, Jaime se abalanzó sobre el pergamino que vislumbraba a lo lejos en su parabrisas: “mierda, una multa, lo sabía”. Sin embargo, el papel estaba cuidadosamente doblado, medido, calculado, con el mimo de quien ha envuelto el mejor de los regalos. Lo desenroscó asombrado, le temblaban las manos, mientras atónito descifraba su mensaje: “Ira entre hermanos, ira de diablo”.

 

 

 

El kilo

 

Llevaba todo el mes planeando aquella mañana de noviembre. Lo decidió en cuanto vio el anuncio y se fijó que la oferta empezaba precisamente, el día de su pensión extra de Navidad. El marketing cumplió su propósito, porque hasta le pareció algo mágico ver la fecha de la promoción entre tanta estrella.

 

Con sus ochenta años a cuestas, todavía podía subir las tres que separaban el súper de la casa de su Joaquín. Lo tenía todo pensado. Cuánto pensaba en su hijo, cuántas noches se quedaba como pasmado preocupado por él, y por sus nietos, qué pasaría si no volviera a trabajar, en breve se le acababa el subsidio.. qué angustia le recorría entonces a su anciano cuerpo y pasaban horas antes de poder volverse a dormir.

 

Pero aquella mañana, el sol le acompañaba. Matías se levantó con fuerza y ni siquiera pensaba. Se dirigía firme y concentrado a su propósito de comprar la leche de oferta, como la más importante de las misiones de una nación entera. Carrito en mano, parecía dirigir el mundo, y en cuanto alcanzó las cajas, se deleitó ante ellas con el ansiado momento de sentir el objetivo del mes cumplido.

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Ya sonaban los villancicos y los turrones rodeaban las puertas del atestado local. Pero Matías no se dejaba distraer tan fácil. En cambio, hubo algo que sí atrajo y mucho su atención: “operación kilo”. Entonces el corazón ganó a la mente y sí cedió en su empeño y en sus cálculos, dejando dos bricks con más esfuerzo aún al soltarlos que al cogerlos al peso. Maldita crisis, masculló el anciano para sus adentros.

 

Sin embargo, hacía mucho que no se había sentido tan útil.

 

El aire

Una tarde más, Elena se encargó de los niños y cargó de bici y triciclo -porque no tenía más manos- para bajar a los suyos y sus bártulos al parque. Ella se puso lo primero que vio (más bien lo último que había dejado caer anoche en la butaca). Ellos llevaban de todo: botella de agua, toallitas, tiritas, galletas, un pañal para el peque, ropa de repuesto, gorro y gafas para el sol y un sin fin de juguetitos agazapados al bolso.. hasta que casi se cierra la puerta del ascensor. “¡Dani, Mateo,.. vamos!”

 

Una vez allí, tampoco es que se pudiera pasar la tarde muy relajada. A decir verdad, no paraba: “No, al tobogán no, Dani, tu hermano es muy pequeño y va detrás”, “Venga, comparte con los demás, hijo”, “Ni hablar, que te he dicho que no se pega”, “Cuidado, Mateo, el tete se llena de arena”.. Pero al menos les daba el aire. El aire nuevo, ya de casi otoño, ese de los que se llevan las hojas y los males, ese que renueva cada estancia de nuestro interior, y que pone distancia al aquí y al ahora, como si te hiciera un poco volar con él, todo lo que te quisieras dejar llevar.

 

Ese aire que despeina y descoloca. Y es que ella ya llevaba el pelo mal recogido, y así, con el pelo en la cara, ni siquiera le había visto. Se giró al oir la frase“¿Elena, eres tú?”

A ella ese “eres tú” le sonó a cómo puedes ser tú con esa pinta, y le pilló tan desprevenida, tan desorientada y tan desprovista como si de pronto le faltara ese aire que tanto agitaba en cambio, alrededor. Sin embargo, él la encontró preciosa con ese punto de descuido tras los años. “Jorge, madre mía, cuánto tiempo sin verte”. Tras el sopetón, la conversación lógica de turno: vives por aquí, son tus niños, qué ricos.. palabras triviales que en cambio, parecían haberlo cambiado todo durante unos instantes.

 

Ya de camino de vuelta, a él le asaltó ese punto familiar que no había conseguido y que aparecía de cuando en cuando, pero no como una punzada, era una especie de llamada natural, atenta y dulce, directa al corazón. “Qué suerte tiene”, pensó. Ella, con esa misma frase repetida, se repetía y casi castigaba hasta la envidia. Le había encontrado tan joven, tan libre, claro, disponiendo de su tiempo y de su vida, qué hubiera pasado si..Image

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El viento continuó agitando durante toda la noche. Por la mañana, en cambio, la quietud del amanecer, hacía salir de nuevo al sol.

                                                           

 

La alianza

Nunca había visto nada igual, le tenía obnubilado. Brillante, incesante, directa, continua y tan intensa, que no podía dejar de mirarla desde que se le apareció esa mañana. Tampoco era difícil destacar entre las escasas monedas que flotaban alrededor, en el fondo de la gorra deformada ya, que el mendigo tenía por única compañera desde que deambulaba por aquella también vieja estación.

Una joya en sus manos, ni más ni menos. Hasta la palabra “Contigo” podía leerse grabada. Una señal de esa mañana invernal fría y en cambio atípica, que tenía para él poco de lunes y mucho de magia. Estaba seguro, se le había caído a ella, aquélla princesa, al echar su limosna y sembrar de un soplo las esperanzas todas. Pues sí, parece que después de todo, a todo el mundo le puede cambiar la vida. Y eso que hacía mucho que no creía en cuentos de hadas.

Sin embargo, tan seguro estaba de quién era esa joya, como de a quién pertenecía. De modo que se lo pensó -no mucho- y sí, esa misma mañana iba a entregar su alianza al mundo, en el mismo instante de poder localizarla a ella. Y con ese instante soñaba, el de devolverla, para volver a verla, mirarla muy largo y muy cerca, y que mientras pasaran por medio los trenes que quisieran, incluso la vida entera.

 anillos

El Tic

Daniel se avergonzaba de su padre. Si no quería ir con él a ninguna parte, mucho menos que viniera a recogerle al colegio y así, que sus amigos le vieran con él. Porque su padre tenía un tic nervioso, y Daniel 11 años. A veces, muchas veces, sentía lástima, porque además su padre le proponía muchos planes, y el chico se negaba. Contestaba con respeto, educado, faltaría más, pero siempre no.

Eso sí, iban juntos al cine cada viernes, porque estaba oscuro, y nadie le vería a su lado. Para Daniel su padre era buen padre, pero sabía y le importaba más que a los ojos de los demás era un ser anormal, sin oficio ni vida propia, casi una especie de monstruo.

Daniel incluso se había inventado una excusa, cómo son los chavales, la de ponerse nervioso si le iban a ver jugar al baloncesto. Todo, con tal que no se le asociara con ese padre inválido, molesto a la vista, poseído con un gesto automático sin sentido al que él no se acostumbraba, por muchos años que lo llevara observando. Por muchos más que quedaran por convivir con el famoso tic nervioso que a él le ponía de los nervios. ¿Y si se le pegaba? Ni pensarlo.

Manuel, en cambio, se sentía orgulloso de Daniel. Jubilado por su enfermedad, con un único hijo, todo lo volcaba en él y lo hacía y sentía para él. Cómo disfrutaba viéndole jugar al baloncesto, aunque fuera de lejos -porque le había confesado ponerse nervioso-. No importaba, se quedaba a mitad de camino, pero desde todos los puntos lo veía ¡lo que salta este chico! Y aún desde lejos se podían oir sus aplausos al encestar, aunque fuera de dos puntos.

Ah, y los viernes, cuando iban juntos al cine, era el mejor momento de la semana para él, y casi el único en el que, bajo la oscuridad de la pantalla, Manuel observaba en vez de sentirse observado y hasta olvidaba padecer de un tic nervioso. Aunque sentarse a su lado seguía resultando tan incómodo, tan molesto, como siempre. Por eso elegían las entradas vip, que solían estar libres.

El lunes más importante del año, Daniel llegó eufórico a casa. Había sacado la segunda mejor nota de su clase. “Porque la primera es siempre Raquel”, les aclaró, justificándose, a sus orgullosos padres. A lo que un“Qué importa Dani, está fenomenal”, respondían ellos. Pero sería su compañera Raquel, la más observadora, la más inteligente, precisamente, la que le haría pensar. “Enhorabuena, Dani. Estarás contento, y tus padres”.. Ella había perdido al suyo unos meses antes. Sabía muy bien de lo que hablaba. “Gracias Raquel, de verdad”. No sabes cuánto.images

Adviento

Domingo, ocho de la tarde. La gente volvía de fin de semana largo, largo lo podía definir Juan, que se atrevía por fin y por primera vez a salir de casa ese fin de semana.

No iba muy lejos, se había arreglado todo lo poco que su pereza le había permitido. Con el dinero justo y las ganas contadas de preferir andar unos pasos contados, mejor que cocinar. “Me da medio pollo, para llevar”.

De vuelta, habían encendido las luces. La ciudad ya vestía de Navidad. Oh, no, la primera Navidad sin ella, sólo se le ocurrió pensar cuántas más vendrán y tendrá que soportar. Juan no se esforzaba por hacer las cosas de antes. Con ella paseaba, sin ella deambulaba. Con ella disfrutaba de las cosas, sin ella hacía las justas, de mala manera y peor gana, sólo por extricta necesidad.

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Se sentía como los árboles del camino, pero no los centelleantes, acicalados, llamativos, sino los desnudos, frágiles, que desprotegidos ante el frío acuciante, luchaban por no quebrar y caer del todo. El viento sacudía todo y la vida se llevaba todo. Con las hojas en cambio, esos mismos árboles aún podían respirar. Tal como en otoño todavía ella presidía, como las hojas, los colores naturales, los de verdad. Ahora sólo esas luces a sus ojos siempre flojas, incesantes, sin más.

Aunque estaba cerca, ante esa temperatura, el pollo llegaría frío, total, qué más da. De la bolsa grasienta escapaba algo de salsa, por más que se esmeraban en cerrar el tupper en el local. Juan pensaba al igual que el hombre no estaba hecho para estar solo, la comida, por más que hecha, no estaba hecha para llevar. Pero para su sorpresa, dos gatitos se peleaban por las migajas que él dejaba sin querer tras su torpeza al pasar. Quizá nos recreamos tanto en las propias miserias, que nunca miramos las de los demás.

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